Walton vs Añorve, el show y la pose

David Espino

I
Walton posa para las cámaras con sus papeletas tachadas, las dobla con delicadeza, dando tiempo para que los fotógrafos no pierdan detalle; algunos incluso le gritan por su nombre para que voltee a la hora de depositarlas en las urnas, y les da gusto: se detiene y sonríe, seguro, como si tuviera información de que fuera a ganar.
Llegó mero cuando la densa lluvia se estaba retirando, a las 10:30 en punto. Se dio tiempo de saludar a los curiosos y a uno que otro de los más de 20 reporteros que lo esperaban para que diera sus primeras impresiones. Lo acompaña su familia, el secretario general de Convergencia, Pedro Ramírez, y el senador Alejandro Chanona, pero de momento se pierden entre el gentío para no robarle reflectores.
El acontecimiento pareciera un acto político, pero se queda sólo en símbolos: los abrazos, las poses, los policías del estado resguardando, la sonrisa efusiva y hasta el saludo de beso a unas atónitas funcionarias de la casilla contigua 1, sección 302, de la elitista colonia Brisamar, de Acapulco, donde le tocó votar. Sólo faltaron los matraqueros y las porras para hacerlo formal, aunque por poco se le salen a una joven señora muy fashion que llegó gritando “¡aquí está el próximo alcalde de Acapulco!”, mientras dirigía el tránsito vehicular que se paralizó por momentos a la hora de responder a la prensa. “Aguas con los traseros”, decía la señora con su olor a Coco Chanel y unos jeans ajustadísimos que hacían juego con su blusa casual color naranja.
Casi capoteando los autos, Walton responde las preguntas a botepronto: se dice seguro de ganar y de que habrá una amplia participación social a pesar de las lluvias, “como cuando en mi cierre, que la gente no se retiró aunque llovió, hoy la gente saldrá a votar por mí”.
Luego otra, sobre el pasquín que circuló muy de mañana donde se asegura que se le había revocado la candidatura de última hora. “Se trata de una situación muy lamentable que en nada abona al clima de tranquilidad que se requiere”, responde escueto. Luego salta la interrogante de a quién se le atribuye.
–Es el PRI, el PRI y su candidato –le quita la palabra el secretario general Pedro Ramírez–, quienes los están instrumentado. Esa es la información que tenemos.
Todavía posa, saluda a los niños, se retrata con ellos con muecas de futbolista exitoso, luego va a su camioneta, él conducirá, sube su familia y arranca.
–¿Dónde estará durante el día?
–Estaré en varias partes: en las oficinas del partido, en las diversas casas de campaña del municipio –responde a la pregunta, pero parece, por la imprecisión, que más bien la evade.
II
El séquito de senadores encabezado por Manlio Fabio Beltrones anuncia la llegada del priísta Manuel Añorve, que arropado como se siente y como está, responde a las preguntas tempraneras de los reporteros. Que si hombres sospechosos andan inhibiendo el voto, que si la lluvia no está permitiendo una buena participación electoral, que si respetará los resultados aunque no gane.
Y en efecto, al menos cuatro hombres con playeras de una presunta organización con el membrete de Legalidad Ciudadana, sin gafete que los acreditara ante el Instituto Electoral del Estado de Guerrero y con un aspecto más bien que amedrenta a quien se acerque por allí, merodean la casilla donde votó Añorve y una hora y media antes, el candidato de Convergencia, Luis Walton. Con el mismo aspecto y la misma playera negra sobrepuesta, se vieron en diferentes partes del municipio. De esto hubo varias versiones, la mayoría de las cuales decían que fueron contratados por el PRI.
Pero esta área con una espectacular vista a la bahía de Acapulco, donde viven los ricos –no podía ser de otro modo–, también está vigilada por policías del estado bien armados; de modo que cuando Añorve baja de la Van en la que viene con los senadores y su familia, en medio del calor como de una olla hirviendo con agua en fogón de barro, no hay mucho que temer, pese a la víspera enrarecida de intentos de levantones y detenciones de presuntos mapaches electorales –verdes, amarillos, naranjas, variopintos pues– en diferentes puntos del estado.
Se ve serio, mucho debería decirse, acaso con un ceño de congoja. Manlio Fabio le roba cámaras respondiendo preguntas de contexto nacional, pero luego se hace a un lado para dejar pasar a su candidato, que para entonces ya es requerido por varios reporteros que lo siguen hasta que la funcionaria de casilla le pide su credencial de elector. Su seriedad la lleva hasta la hora en que se pierde por completo entre las mamparas. Cuatro, seis segundos y emerge como cuando un niño sale de entre las sábanas, da dos pasos y sin posar –como sí lo hizo acaso en exceso el convergente Walton– deposita las boletas en las urnas acompañado de las lucesillas blancas de los flashazos.
Ya para irse, en medio del sopor del mediodía tras el frustrado aguacero, responde sobre la acusación de que el PRI nacional operó para que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación moviera de última hora la planilla a la perredista Gloria Sierra. Por supuesto lo niega, como niega que un pasquín contra Walton haya sido de la autoría de su equipo de campaña. Sube a otra camioneta con su esposa y sus hijos, los senadores en la Van blanca en la que llegaron. Las casillas quedan desiertas.

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