Acapuco dealer, una crónica sobria y sin afectaciones, por Fernando Pineda


Carlos F. Ortiz y Fernando Pineda, en la presentación
EL HABER ACEPTADO participar en la presentación de Acapulco dealer se debe, primero, al reconocimiento del trabajo periodístico del joven Espino y lo segundo, finalmente, porque todos los mexicanos estamos involucrados de una u otra manera en esta guerra absurda y somos rehenes de la incertidumbre que priva en la mayoría del territorio nacional. Por lo tanto mi voz forma parte de ese coro general de protesta.
Intentaré integrar un breve bosquejo, previo, que me facilite arribar, a lo que según mi criterio, permita rascarle las entrañas al “monstruo”.
Si consideramos que un Estado de Derecho se rige por un gobierno de leyes e instituciones, es factible que en México –de manera estricta– carezca de un régimen gubernamental con tales particularidades. Es sencillo mostrar esta aseveración (aunque paradójicamente la posición puede ser polémica). El Estado mexicano está permeado por un vínculo de complicidades que actúan al margen de las normas jurídicas (incluso las constitucionales) y tal situación deriva desde el poder del Ejecutivo federal hasta las presidencias municipales. Podemos afirmar, sin temor equivocarnos, que uno de los rasgos distintivos del gobierno en su conjunto es el desprecio a las leyes que nos presiden y la impunidad.
Un par de ejemplos confirman la aseveración: el primero, se refiere a la declaración de guerra al narcotráfico, determinada por Felipe Calderón Hinojosa sin la anuencia constitucional del gabinete presidencial y del Congreso de la Unión como lo estipula el artículo 29 de la Constitución mexicana. No importa que pronto haya rectificado lo dicho, cambiando el término (declaración de guerra) por combate al narcotráfico; lo segundo, la utilización del Ejército mexicano en funciones que no le corresponden y que deben ser competencia exclusiva de la policía. En este circuito la indiferencia del Congreso de la Unión y la de los magistrados de la Suprema Corte de Justicia, es evidente.
Sin embargo, el magistrado José Ramón Cossío rompió el silencio y opinó lo siguiente:
Creo que el ejército no está para cumplir funciones de seguridad pública en términos de la propia Constitución; entiendo que todo el sistema de seguridad pública está construido a partir de servicios de policía, no a partir de servicios de los miembros de las Fuerzas Armadas”.
(Si bien es cierto que el artículo 89, fracción Sexta, concede derecho al presidente de la república de utilizar a las Fuerza Armadas para funciones especiales –internas pero debe ligarse– con lo señalado en el artículo 29 citado y al hacerlo se ratifica el proceso violatorio ya mencionado).
Al carecer el régimen dominante de un Estado de Derecho la sociedad se descompone, surge la desconfianza a los gobernantes, en los representantes populares y en las instituciones que nos rigen. Tales acontecimientos vulneran la conciencia ciudadana y aunque parezca contradictorio (o inaudito) se pierde la solidaridad (incluyendo a núcleos familiares pertenecientes al mismo sector social), imperando el “sálvese quien pueda”.
Otro ángulo neurálgico que debe examinarse es la pobreza, la discriminación, la falta de oportunidades y alternativas (para trabajar, para estudiar) escenario que convierte a los marginados en “materia prima” del crimen organizado. Varios analistas opinan que se está empeñando el futuro del país.
El sistema que padecemos, lo distingue una crisis periódica. Ninguna institución perteneciente a los tres poderes de los Estados Unidos Mexicanos permanece al margen de esta calamidad político-social; incluyendo a las instituciones no gubernamentales como universidades, tecnológicos, centros culturales, congregaciones eclesiásticas, asociaciones empresariales, sindicatos, partidos políticos. Ya metidos en este tinglado no podemos dejar de lado a personajes de la política, empresarios, jerarcas religiosos, inmiscuidos con el crimen organizado a través del lavado de dinero o la evasión fiscal.
Este estatus que nos impone la realidad repercute en una desconfianza franca, abierta, de los ciudadanos hacia los cuerpos policiacos, sin importar la corporación a la que pertenezcan, sumando este mismo repudio en contra del Ejército (por ello los ministros de la Suprema Corte, determinaron que los militares ligados a los cárteles del narcotráfico fueran juzgados por tribunales civiles, ojalá sea acertada su decisión) y el variado prototipo de personalidades arriba mencionadas rompen cualquier mecanismo de seguridad, si es que existe algo parecido.
En este contexto, la vulnerabilidad de las familias queda expuesta al mejor postor. Estas crónicas escritas por David, que vamos a comentar, se inscriben precisamente en este tono de vida.
UNO DE LOS MÁS reconocidos y prestigiados reporteros a nivel mundial Ryszard Kapuscinski señala que los cínicos no tienen cabida en el seno del gremio periodístico. El autor del libro que tenemos en las manos, muestra la virtud de que en cada trazo escrito se palpa su profesionalismo, mostrando una escritura sobria, precisa, sin afectaciones, de un tema difícil, donde es fácil caer en el amarillismo, en la nota roja inescrupulosa. Es un informador comprometido con sus lectores.
De esa manera Espino nos lleva de la mano en el recorrido de las dos partes en que divide su escrito; la primera formada por diez incisos nos va ubicando en la transición del Acapulco tradicional “idílico” a la nueva realidad: la violencia y los cuerpos decapitados; y la segunda, formada por dos apartados, cuyos títulos son sugestivos: Adiós a los dólares y La ciudad más insegura.
Además, los 12 pequeños capítulos poseen la virtud de poder leerse en el orden cronológico en el que están distribuidos o recorrer las páginas al margen del orden establecido sin que se pierda la secuencia de la lectura. Agregando que cada una de las crónicas es una auténtica revelación.
El primer pliego nos muestra a una turista tomando fotos de una persona ejecutada como si fuera una fiesta y a la par la escena de las autoridades desorientadas preguntando a los “mirones” que había sucedido. Dejemos el relato al periodista:
¿Será la nueva atracción que oferta Acapulco? Se duda. ¿Se está acostumbrando la gente a ver estas escenas? Así parece; o peor aún: ¿tienen que acostumbrarse? En lo absoluto”.
Renglones adelante refiriéndose al espectáculo de la violencia nos regala una nueva opinión:
Esto parece una feria, un show en el que todos quieren estar en primera fila. Es el espectáculo detrás de la violencia que se hace más grande cuando llega la ambulancia del Servicio Médico Forense con su olor a formol…”.
Después páginas adelante (Pp. 42-47) en el inciso titulado El Dealer (Diler) nos dice: La cocaína corre en las playas. E inicia un recorrido por playas, bares, antros, colonias, barrios, hoteles, restaurante, el Malecón y el Zócalo, lugares en donde se puede adquirir el apreciado “manjar” ; rastreando a los vendedores: parianeros, comerciantes ambulantes, pescadores, masajistas, chulos… y un conglomerado mayor de paisanos y acapulqueños de paso. En este recorrido David demuestra que conoce Acapulco (fuente principal de su trabajo, lo que da valor y credibilidad a su trabajo) al igual que se relaciona con los vendedores (como la descripción de un encuentro con una persona dedicada a la venta y el consumo de las drogas y los pasajes de la vida nocturna).
Pero la ruta de la droga no es solamente Acapulco, contribuyen otros municipios de la entidad, La fama de la negra, nombre con el que se conoce a la goma en la región –la Amapola, el opio y heroína–. Sobre ello, el autor nos aclara que “todo Guerrero gira en torno Acapulco, su economía es el cordón umbilical que lo alimenta, la ubre donde se amamantan las arcas públicas”.
La negra que se cultiva en algunos municipios del estado es la joya de la corona que se disputan a sangre y fuego los cárteles de la droga y cuyo conflicto ha dejado una estela de más de ocho mil muertos en esta entidad.

*[extracto de la presentación de Acapulco dealer en Chilpancingo]

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