Acapulco dealer, para entender la realidad, Por Iris García


TURISTAS QUE IMPÚDICAMENTE toman fotografías de un ejecutado para guardarlas como recuerdos de su viaje a Acapulco, un ex alcalde canadiense que refrenda sus votos de amor en La Quebrada, una madre y sus hijos a quienes la violencia toca en forma de ráfaga de cuernos de chivo en plena Costera, sicarios metidos a documentalistas subiendo sus torturas a YouTube, ex policías apodados La Maña encargados de cobrar a los comerciantes el derecho de piso, y por supuesto, un Acapulco dealer, son algunos de los personajes por medio de los cuales David Espino nos cuenta el proceso de degradación que ha vivido este puerto a lo largo de los últimos años, o más precisamente, en el último sexenio.
Todos hemos sido testigos, aunque sea de lejitos, pero nunca tan lejos como lo desearíamos, de cómo la bahía de Santa Lucía se fue llenando de sangre, de miembros cercenados y de miedo. La guerra contra el narco, o mejor dicho, el enfrentamiento de los cárteles por esta plaza, o más precisamente aquella balacera en La Garita a partir de la cual la violencia corrió como el hilo de naylón de una media barata, ha marcado nuestra historia. ¿Antes o después de La Garita?, podríamos preguntar ahora para darnos una idea del tiempo en que ocurrieron las cosas. ¿Antes? Antes del 2006, enero. ¿Mucho antes? Ni siquiera había llagado a Acapulco Tony Tormenta, el del Cártel del Golfo, a pelearle la plaza a los de Sinaloa. Entonces iniciaba el siglo.
Las tragedias nos marcan aunque sean ajenas, definen nuestra historia aunque sólo creamos ser testigos, porque nos recuerdan nuestra vulnerabilidad, y aquella balacera en enero del 2006 nos hizo sentir a todos vulnerados. Me parece poco probable que a quienes nos tocó vivir este tiempo y espacio podamos olvidarla. Pero más allá del número de muertos, de los detalles divulgados o imaginados de las ejecuciones que nos aterrorizan, es la incertidumbre la que fermenta el miedo. No sabemos qué es lo que está pasando. La única manera de controlar el miedo es buscar poseer alguna certeza, por pequeña que sea y aunque no nos agrade.
He aquí la importancia de este libro. Nos ayuda a reconstruir nuestra historia reciente, a entender lo que nos está pasando, el porqué de los muertos, el cierre de algunos negocios y la apertura sorpresiva de otros tantos, las casas en venta. Nos ayuda a encontrar una cierta lógica, por terrible que sea, de los acontecimientos que se precipitan a nuestro alrededor, más cerca de lo que quisiéramos. Quizá la última certeza, la única certeza que buscábamos, era decir “venían por ellos, no por mí”, “tenían razones para buscarlo, yo –aún– estoy a salvo”. Pero llega un momento en que esa certeza tan precaria no nos es suficiente, porque resulta que ya todos tenemos un hermano al que han encañonado; un vecino con el que jugábamos de niños que amaneció muerto, destazado; una amiga que cuida a su marido en el hospital porque quedó en medio de un tiroteo entre policías y un grupo armado. Es entonces cuando tenemos la certeza, cómo dice Espino en Un pueblo de paso, de estar solos “en medio de la vorágine”.
Sí estamos solos, porque nuestras instituciones nos han abandonado. Quizá todos, en todos los niveles de gobierno, excepto Calderón piensen lo mismo, aunque sólo Zeferino se atrevió a decirlo en voz alta cuando le preguntaron si iba a hacer algo contra el narcotráfico, tal vez no fueron sus palabras exactas, pero así aparecieron en los diarios: “No puedo ni quiero”. Pero el que pudo y quiso, porque estaba bien resguardado por el estado mayor presidencial y se nombra jefe de las fuerzas armadas por seis años, el que pudo y quiso abrir la caja de pandora, nos deja ahora este mundo, nuestro mundo, acechado por el mal y sin el respaldo de un sistema de justicia confiable. Cada vez hay más muertos, cito a David Espino “metidos al saco con la etiqueta: En algo andarían”.
Y es que no queremos, y esto incluye a peritos, agentes del MP, policías, magistrados, que también son humanos, pensar que la muerte violenta es algo que le puede pasar a cualquiera, no queremos nombrar lo que pasa, por temor a invocarlo, por eso, dice David Espino: “El eufemismo se ha hecho el recurso más recurrente para referirse a los sicarios al servicio del narcotráfico o a los narcos mismos. Los malos, los malandrines, dice la gente sin despegar mucho los labios, aun en sus casas, por temor a que quien vaya pasando sea uno de ellos. Ya no se sabe. Incluso los funcionarios municipales, de seguridad y de orden público, prefieren guardar silencio”.
Pero no sólo Acapulco está presente, David Espino también nos cuenta la transformación de Chilpancingo de pueblo de paso a tierra de asesinatos seriales, ejecuciones sumarias, levantones y descuartizados. Nos habla del silencio y el miedo reproduciéndose en San Luis la Loma luego del asesinato de la familia de Rubén El Nene Granados Vargas. Nos relata cómo los municipios de la Tierra Caliente se fueron llenando de trocas y enfrentamientos.
Pero no todo es tristura y no todo es miedo: quizá mi crónica favorita es la que nos permite tener un poco de esperanza: Abrazos contra la narcoviolencia, se llama y nos cuenta de un grupo de personas que se ponen de acuerdo para salir a la Plaza Cívica en Chilpancingo a repartir abrazos. “Es un modo de responder a tanta violencia. Esta debe ser la otra cara de la realidad del país y del estado. Ante la violencia, el afecto que tanta falta nos hace”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

esta historia que cuentas de acapulco es muy cierta y un poco alarmante de el punto en que acapulco ya casi ni tiene tantos turistas como antes, ya no regresan o ya no vienen por lo mismo